La intensa molestia de su ataque de tos no había logrado desvanecer en Winston la impresión que le había dejado el ensue o y los movimientos rítmicos de la gimnasia contribuían a conservarle aquel recuerdo. Mientras doblaba y desplegaba mecánicamente los brazos —sin perder ni por un instante la expresión de contento que se consideraba apropiada durante las Sacudidas Físicas—, se esforzaba por resucitar el confuso período de su primera infancia. Pero le resultaba extraordinariamente difícil. Más allá de los a os cincuenta y tantos —final de la década— todo se desvanecía. Sin datos externos de ninguna clase a que referirse era imposible reconstruir ni siquiera el esquema de la propia vida. Se recordaban los acontecimientos de enormes proporciones —que muy bien podían no haber acaecido—, se recordaban también detalles sueltos de hechos sucedidos en la infancia, de cada uno, pero sin poder captar la atmósfera. Y había extensos períodos en blanco donde no se podía colocar absolutamente nada. Entonces todo había sido diferente. Incluso los nombres de los países y sus formas en el mapa. La Franja Aérea número 1, por ejemplo, no se llamaba así en aquellos días: la llamaban Inglaterra o Breta a, aunque Londres —Winston estaba casi seguro de ello— se había llamado siempre Londres.
No podía recordar claramente una época en que su país no hubiera estado en guerra, pero era evidente que había un intervalo de paz bastante largo durante su infancia porque uno de sus primeros recuerdos era el de un ataque aéreo que parecía haber cogido a todos por sorpresa. Quizá fue cuando la bomba atómica cayó en Colchester. No se acordaba del ataque propiamente dicho, pero sí de la mano de su padre que le tenía cogida la suya mientras descendían precipitadamente por
